Desde su primera página, Temporada de huracanes de Fernanda Melchor se inscribe con fuerza en una tradición que, aunque rara vez se nombra explícitamente en la crítica latinoamericana contemporánea, resulta fundamental para entender su potencia estética y moral: la tradición de la novela gótica. No se trata aquí de un gótico de castillos medievales o fantasmas espectrales, sino de un gótico tropical, profundamente anclado en la violencia material, psicológica y simbólica de un México rural abandonado por el Estado.
El gótico comienza, de manera significativa, con el nombre del pueblo: La Matosa. El topónimo resuena de inmediato con el verbo matar, anticipando la violencia que estructura la novela y marcando el territorio como un espacio donde la muerte no es un accidente, sino una condición latente. Como en los mejores relatos góticos, el lugar no es un simple escenario: es una fuerza activa, opresiva, determinante.
La Matosa es un pueblo pobre, atrapado, sin futuro visible. Está conectado por una carretera a las compañías petroleras de Veracruz, una vía que encarna una cruel paradoja: promete escape y prosperidad, pero es también el camino que trajo a sus habitantes a un destino de explotación y abandono. La carretera funciona como un falso umbral gótico: sugiere movilidad, pero en realidad consolida el encierro. El pueblo parece olvidado, suspendido en una suerte de limbo social y económico, donde no hay salida real.
El paisaje intensifica esta sensación de atrapamiento. Los cañaverales, las montañas y la cercanía del mar no ofrecen amplitud ni belleza redentora; por el contrario, cierran el espacio y lo vuelven sofocante. A esto se suma el calor extremo de Veracruz, una presencia casi corporal que aplasta a los personajes, exacerba la violencia y erosiona cualquier posibilidad de sosiego. Este entorno recuerda inevitablemente a Comala, el pueblo espectral de Pedro Páramo de Juan Rulfo: un lugar donde el pasado, el dolor y la culpa se acumulan hasta volverse irrespirables.
En el centro de este universo opresivo se alza la figura más claramente gótica de la novela: La Bruja. Su casa —decrépita, sucia, maloliente— cumple la función del castillo o la mansión en ruinas del gótico clásico. Su vestimenta, su aislamiento y la leyenda que los habitantes tejen en torno a ella la convierten en un ser liminal, a medio camino entre lo humano y lo monstruoso. La Bruja encarna lo uncanny: aquello que provoca miedo no por ser completamente ajeno, sino por ser inquietantemente familiar. El terror que suscita no nace de lo sobrenatural en sí, sino de la necesidad colectiva de proyectar el mal en una figura marginal.
Melchor profundiza el gótico no solo desde el espacio, sino desde una exploración psicológica radical. La novela disecciona el miedo, la soledad, la pobreza extrema, la desesperación y la represión sexual. La sexualidad aparece constantemente deformada por la miseria y la violencia estructural, transformándose en obsesión, culpa y crimen. Los personajes —especialmente los antagonistas— son villanos góticos contemporáneos: moralmente corruptos no por una maldad abstracta, sino por una combinación letal de carencias materiales, deseos reprimidos, machismo y frustración.
Los tabúes que aborda la novela refuerzan su carácter gótico: sexualidad infantil, abuso sexual, prostitución, homosexualidad y transexualidad vividas desde la opresión, deseos homosexuales negados, fantasías zoofílicas, culpa, rabia, violencia extrema y asesinato. Todo ello se inscribe dentro de una lógica de trauma generacional, donde el daño no se origina en un solo acto, sino que se hereda, se normaliza y se perpetúa.
La técnica narrativa de Melchor es también profundamente gótica. El crimen —el asesinato de La Bruja— no se presenta de manera directa ni transparente. El lector reconstruye los hechos de forma fragmentaria, a través de múltiples puntos de vista. Sin embargo, hay una decisión clave: nunca se concede la voz narrativa ni a La Bruja ni a Luismi, su asesino material. Ambos existen únicamente a través de lo que otros dicen, temen o imaginan sobre ellos. Este silencio refuerza el misterio, la distancia moral y la imposibilidad de una verdad total, elementos centrales del gótico.
Finalmente, Temporada de huracanes es una novela atravesada por la ambigüedad moral. No hay inocentes absolutos ni culpables simples. La violencia no se explica ni se justifica, pero tampoco se reduce a monstruos individuales. Todo el entramado social aparece contaminado.
Clasificar esta obra resulta difícil. Es, sin duda, alta literatura por su ambición formal, su densidad simbólica y su rigor estilístico. Pero al mismo tiempo posee la capacidad profundamente perturbadora de un relato de horror. Tal vez ahí resida su mayor logro: en demostrar que el verdadero terror no proviene de lo sobrenatural, sino de una realidad tan brutal que adquiere dimensiones góticas.
Temporada de huracanes no se limita a contar un crimen; construye un mundo donde la violencia es estructural, el miedo es cotidiano y el horror es inseparable de lo real. En ese sentido, Melchor no solo dialoga con la tradición gótica: la reinventa desde el trópico, desde la pobreza, desde el abandono, y la convierte en una de las novelas más inquietantes de la literatura contemporánea.