Medea en Aztlán: maternidad, violencia y negación en Medea me cantó un corrido

Medea me cantó un corrido, de Dahlia de la Cerda, no es una obra narrativa “maestra” en el sentido convencional. No aspira a la unidad formal, a la resolución elegante del conflicto ni al refinamiento estético que suele exigirse a la ficción literaria. Lo que ofrece, con una fuerza poco común, es algo distinto y quizá más urgente: una intervención teórica sostenida sobre género, violencia y reproducción en el México contemporáneo, articulada a través del mito, la cultura popular y una prosa de registro testimonial. Su importancia no reside en el virtuosismo narrativo, sino en la claridad ética con la que vuelve inteligibles decisiones extremas.

El libro reimagina a Medea no como una excepción monstruosa, sino como una presencia guía en el Aztlán contemporáneo: un México simbólico marcado por la violencia del narco, el abandono del Estado y la precariedad de género. Al hacerlo, de la Cerda reactiva una de las figuras más perturbadoras de la tradición occidental y se pregunta qué significa Medea en un mundo donde la violencia es continua, la justicia no llega y la maternidad misma se vive como un riesgo.

La Medea clásica asesinó a sus hijos como respuesta a la traición de Jasón, un acto tan extremo que sigue incomodando más de dos mil años después. Sin embargo, incluso Aristóteles —célebre por su crítica al final de la tragedia de Eurípides— reconocía que la acción de Medea era trágica porque era inteligible: surgía de la traición, el exilio y la pérdida de pertenencia social. Medea me cantó un corrido opera en ese mismo registro de extremidad inteligible, pero traducido a una clave contemporánea. Aquí las acciones extremas no son el filicidio, sino el aborto, la renuncia a la maternidad o, en otros casos, la insistencia en ella bajo condiciones imposibles. No son decisiones ejemplares ni edificantes: son elecciones trágicas bajo coerción.

El libro está compuesto por cinco relatos interconectados que, más que construir una trama lineal, forman un mosaico de experiencias. Esa fragmentación replica la realidad que describen.

El primer relato sigue a Paulina, hija de un teniente del ejército, que queda embarazada de su novio Jordán —un nombre cuya resonancia con Jasón no es casual—. Jordán se involucra en el mundo del narco y desaparece; Paulina sabe lo que esa desaparición significa. Frente a la certeza de su muerte y al futuro que implica, decide abortar con la ayuda de Medea, que aparece aquí como una curandera. Desde el inicio, el libro fija su tono ético: Medea acompaña sin juzgar, ayuda sin absolver. El aborto no se presenta como liberación ni como tragedia moral, sino como una negativa a reproducir la muerte.

El segundo relato se centra en Perla, una joven que se involucra con un líder narco para escapar de la pobreza. Cuando queda embarazada, decide abortar no por miedo ni desesperación, sino porque acaba de someterse a una cirugía estética y no quiere “arruinar” su cuerpo. Esta decisión es deliberadamente incómoda. De la Cerda no la ennoblece, pero insiste en su inteligibilidad. El gesto es clave: la inteligibilidad no requiere pureza ideológica. Las decisiones reproductivas de las mujeres no tienen que ajustarse a expectativas morales para ser comprensibles o legítimas.

El tercer relato —el único narrado desde una perspectiva masculina— pertenece a Jordán. Cuenta cómo entra al mundo del narco no por crueldad innata, sino porque es el único espacio donde encuentra validación, reconocimiento y una promesa de grandeza. Jordán cree en los corridos que glorifican la violencia, de la misma manera en que los héroes antiguos creían en la fama épica. Su historia humaniza a los miles de hombres de su clase social que son reclutados, coaccionados y consumidos por la violencia narca, no para absolverlos, sino para mostrar la maquinaria que los produce. Como Jasón, confunde el mito con el destino.

El cuarto relato introduce a Antonia, cuya pulsión va a contracorriente de muchas de las decisiones del libro. Antonia quiere tener un hijo, incluso un hijo varón, aun sabiendo que Aztlán es una tierra donde los niños pobres y morenos son devorados por la violencia del narco y la indiferencia estatal. Su deseo no es ingenuo: es desafiante. En un contexto donde el Estado desalienta implícitamente la reproducción de comunidades pobres e indígenas, la maternidad de Antonia se convierte en un acto de resistencia. El libro no privilegia el aborto sobre el nacimiento; insiste, más bien, en la pluralidad de maternidades y en el derecho a elegir incluso cuando todas las opciones son peligrosas.

El último relato pertenece a Reina, la madre de Jordán, y reconfigura retrospectivamente todo lo anterior. Reina era pobre, muy joven cuando quedó embarazada por primera vez, y padeció depresión posparto sin diagnóstico ni tratamiento. Siguió teniendo hijos con la esperanza de que las cosas se acomodaran solas. Fue, en muchos sentidos, una “mala madre”. Pero de la Cerda se niega a condenarla fácilmente. La historia de Reina muestra cómo la reproducción sin apoyo, cuidado ni elección alimenta la maquinaria de la violencia, no por fallas individuales, sino por abandono estructural. Es una de las razones por las cuales muchas mujeres del libro prefieren abortar antes que seguir suministrando cuerpos a un sistema que los consume.

A lo largo de todo el libro, Medea funciona como figura de apoyo. No juzga, no castiga, no redime. Facilita abortos, escucha historias, acompaña a Jordán en la reconciliación con su propia muerte. No es la Medea de la venganza divina ni del espectáculo trágico, sino una Medea del acompañamiento: alguien que realiza un trabajo expiatorio, no para borrar la violencia, sino para hacer posible la supervivencia dentro de ella.

Al final, Medea habla. Se arrepiente de haber matado a sus hijos, pero reconoce que no podía haber actuado de otro modo. Nada se resuelve. La violencia de Aztlán continúa. La máquina de muerte del narco sigue funcionando. No hay catarsis ni restauración del orden.

Esta negativa a cerrar el conflicto no es un fallo narrativo, sino el núcleo ético del libro. Como en la Medea de Eurípides, la obra expone la impotencia de la justicia cívica y la complicidad de las estructuras sociales con la violencia. Pero mientras la Medea clásica escapa elevada por los dioses, la de de la Cerda permanece en el mundo, ofreciendo actos pequeños y frágiles de cuidado que no detienen la máquina, pero interrumpen momentáneamente su lógica.

Medea me cantó un corrido no imagina el fin de la violencia. Imagina cómo se vive, se decide y, a veces, se rehúsa reproducirla desde dentro. En ese gesto reside su potencia: no en la promesa de resolución, sino en la insistencia de que estas vidas, estas decisiones y estas maternidades sigan siendo dolorosas, abiertas y, sobre todo, inteligibles.